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Hablar en público: transformar la ansiedad en energía

La ansiedad antes de una presentación no es un enemigo a eliminar: es energía que hay que dirigir. Tres técnicas concretas para usarla a tu favor.

Daniel Jerez Nacache · 2026-07-14

El corazón se acelera, las manos sudan, la mente se queda en blanco. Ocurre antes de una intervención ante la junta como antes de un brindis en una boda: el cuerpo se activa porque percibe la exposición al juicio como un riesgo. La buena noticia es que esta activación es la misma sustancia de la que está hecha la presencia escénica.

La primera técnica es la reetiquetación. En lugar de decirte 'estoy aterrorizado', prueba decir 'estoy activado'. Los estudios sobre la respuesta al estrés muestran que interpretar la activación como un recurso mejora concretamente el rendimiento: el cuerpo se prepara para actuar, no para huir.

La segunda es el control de la respiración fisiológica: dos inspiraciones cortas por la nariz seguidas de una espiración larga por la boca, repetidas durante tres ciclos, reducen rápidamente la activación del sistema nervioso simpático. Es la herramienta más rápida que tienes en los noventa segundos antes de subir al escenario.

La tercera es el desplazamiento del foco. La ansiedad crece cuando la atención está en ti —cómo te ves, qué piensan de ti— y se reduce cuando se desplaza al público: ¿qué quiero que entiendan, sientan, hagan después de mi intervención? Un orador orientado al mensaje es un orador más libre.

Ninguna de estas técnicas elimina la activación, y ese es exactamente el punto: el objetivo no es subir al escenario tranquilos, sino subir cargados y presentes. La energía que hoy te bloquea es la misma que, bien dirigida, hace memorable un discurso.

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